En las noches todo se vuelva más claro. El silencio y la oscuridad de invita a cerrar los ojos y pensar. La máquina se enciende y todo empieza a fluir. Esta noche no es la excepción pero hay algo diferente a las demás. Esta noche todo puede morir. Ella con él y yo acá pensando, escribiendo mis pensamientos, sufriendo por lo que será el mañana. Confío en ella, es raro, es difícil la situación pero confío. La extraño y me gustaría intercambiar lugares con este chico/muchacho. Me gustaría ser yo quien esté con ella intentando que vuelva, sin embargo a mi me toca estar acá, sentado en mi cama esperando. Esperando a que todo vaya bien, que su noche sea mala con él. Esperar a que siga conmigo, esperar lo mejor para mi, que es ella. Lágrimas malditas, déjenme ver lo que escribo, déjenme tranquilo (...)
Y ahora sólo empiezan a aparecer de a poco las imágenes de nuestra relación, desde cero, desde antes de conocernos. Ese momento conflictivo de mi vida en la que ella me brindaba la paz que necesitaba. Mi anhelo de alguien que le importase, que me respete, que me demuestre y que se abra ante cualquier cosa a mi. Ella era la respuesta a esa necesidad. Ella fue la que me tiró una soga, la que me rescató de esa profundidad insegura en la que estaba. Me sentía muy bien hablando con ella, pensándola, anhelando volverla a ver y que todo siga tan igual a nuestra segunda vista.
La primera vez que nos miramos el uno al otro fue raro, nunca voy a dejar de pensar eso. Fue raro por el hecho de que no esperaba encontrarme con nadie, estaba nervioso y con miedo. Uno le teme a lo desconocido, simplemente no sabe con qué se va a encontrar, cómo va a saber ni cómo se va a sentir. La cosa es que estaba nervioso e inseguro, por eso mi cara de nada al verla frente a mi, modulando las palabras con esa hermosa boca. Pero, sin embargo, hay algo que no puedo olvidar de ella que le estuve mirando esos minutos que la tuve en frente: los cachetes. Eran los más grandes Y hermosos que había visto en mi vida (ya había visto más grandes pero NUNCA tan estéticamente atractivos como esos). Otra cosa que noté y que me gustó mucho fueron esos ojos, esas pestañas, ese sombreado, esas ganas de que no se borraran nunca de mi memoria, cosa que nunca pasó. La primera impresión, de mi parte maravillosa, de su parte un poco dudosa gracias a mis nervios. Encuentro interrumpido por una llamada y un fugaz escape.
La segunda fue luego de un par de días. La pasé a buscar luego de unos reproches por mi actitud en la primera y emprendimos un camino que luego habrá sido recorrido con cierta frecuencia. Llegamos, nos sentamos y continuamos nuestra plática. La noche estaba especial para que dos personas se conozcan, ni frío ni calor, las estrellas brillaban y me recordaban lo hablado la noche anterior, esa comunicación virtual en la que ella me contaba sus pensamientos, sus deseos, adheridos a los residuos de una película. Pese a ciertos silencios todo fue muy bien, ella me contó parte de su historia, la más dura, la que más la marcó. Yo escuchaba atento todas las palabras que empezaban a tener un significado diferente al que ya tenían: viajar, hermano, muerte, volar, soñar. Se disfrutó cada momento en ese asiento de madera, puesto en ese lugar a propósito, a la espera de nuestro cálido encuentro. Tiempo de retornar, me paro, se para, y no le doy tiempo a pensar que la ataco con un abrazo lleno de cariño y sinceridad, como agradeciendo la noche, el momento pasado. Un abrazo que significaba más de lo que aparentaba, que se tomó de varios sentidos bueno, necesario y agradable. Caminamos a la par y en lo posible lento. No quería devolverla, quería quedármela, pese a estar atado a alguien más. Pero luego de que ella acceda a tomar el camino más largo fui feliz. Mis manos anhelaban tomar las suyas y caminar entrelazados pero no se atrevieron. Llegamos, al fin. Saludo de despedida y hasta la próxima vez..
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